
FOTO/MÍA
Por César Baeza Hidalgo
Desde el año 2002, cuando tuve la oportunidad de trabajar con dos colegas en la elaboración de un informe especial sobre el tema del desplazamiento forzado en el área metropolitana de Bucaramanga, quedé con un reclamo insertado en mis oídos y una sensación clavada en el corazón.
El reclamo: “ siempre vienen distintos tipos de personas a visitarnos: periodistas, profesionales de las ONG’s, o de entidades internacionales, y luego, nunca más sabemos de ellos. “Para ustedes es un trabajo más, y para nosotros es nuestra vida. Los atendemos, porque sabemos que los necesitamos, pero igual sabemos que a la mayoría no los vamos a volver a ver”.
La sensación: de impotencia y un poco de vergüenza. Porque si bien es cierto que uno se gana el pan trabajando en lo que medianamente sabe hacer y en lo que tiene que hacer. También lo es que uno se mete en la vida de la gente, en su historia, en su intimidad, y eso de poco o nada sirve para que las condiciones de vida cambien o se solucione algo.
Hasta el 2006, me impuse a la tarea de al menos publicar un tema al año relacionado con el desplazamiento forzado producido por la guerra colombiana y lo cumplí. Pero la sensación siguió clavada en el mismo sitio.
Estos últimos dos meses, producto de un proyecto diseñado para el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), tuve la oportunidad de quedarme en un ‘cambuche’ de Bodegas, en el Café Madrid; en una casa del barrio González Chaparro, en Floridablanca; y en dos ranchos, uno en Nueva Colombia, de Guatiguará (Piedecuesta) y de Mesetas de la Colina, en Girón.
Tuve la fortuna de no limitarme a hablar de las dificultades y las desgracias, tema recurrente en este caso, sino conocer ‘alguito’ de sus sueños, de sus anhelos y de gozarme la alegría tan tremenda que se vive en espacios de convivencia que mucha de la gente que conozco disfruta muy de vez en cuando.
En todas partes me encontré al final del día, cuando ya estaba rendido, soltando una carcajada por la actitud y el buen ánimo. En todas partes sentí que son personas llenas de una sabiduría que no da el estudio, sino de la que da la vida. En todas partes me encontré con que sus niños y niñas son afortunados porque tienen permanente contacto con otros niños y niñas de su edad, con los que corren, se tocan y desarrollan una amistad que el encierro de los barrios acomodados cada día limitan más.
Pero también encontré, en todas partes, que el abandono de Estado es una vergüenza de la que nadie es consciente. Que las pomaditas para curar el cáncer están la orden del día y que los pañitos de agua tibia es la política general.
Yo no sé cuál sea la respuesta. Pero tengo claro que así como van las cosas nada va a cambiar, porque el tema se ha vuelto un lunar molesto. Una incomodidad para las instituciones y, lo que es peor, para el resto de la sociedad que se ha anestesiado ante la problemática de los colombianas y colombianos que han dejado atrás una forma de vida, para enfrentarse a un mundo agreste y hostil, que encuentran en la ciudad.
Un lugar en que las diferencias se acentúan, donde el que tiene, obtiene y el que no, lo envidia. Donde los flagelos de la droga, la prostitución y el dominio de los grupos armados sigue siendo el pan de cada día. Donde están condenados al hacinamiento, y la falta de oportunidades.
Confieso que todavía me siento impotente. Confieso que de este trabajo el que más ha ganado soy yo y no sé bien de qué manera esto le sirva a los habitantes de los sectores donde me acogieron. Y agradezco que me hayan dejado entrar otro poco en sus vidas y enseñarme que, no importa qué tan complicadas sean las condiciones en que se encuentre, el ser humano siempre tiene espacio para la esperanza.